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Contos-->El Castillo de Luz. Cuento en Español -- 23/10/2010 - 21:28 (MARIA CRISTINA DOBAL CAMPIGLIA) Siga o Autor Destaque este autor Destaque este Texto Envie Outros Textos
EL CASTILLO de LUZ.

Tenía un castillo. Cuando pasaba unos días sin entrar en él, se ponía rara y triste. Era tan fácil llegar: quedaba en el parque de los pinos, cerca de sua casa, dónde casi nadie iba o, por lo menos, dónde no veía casi nunca a nadie.
Habían dos dragones enormes que protegían los portones de acero, sus bocas grandes llenas de fuego y la claridad que daban en la noche, era fantástico.
También habían dos guardias con caballos blancos.¿Por dentro? Parecía una ciudad, tal vez un país. Lleno de cuartos con sus sillones enormes de terciopelo, no: no eran sillones de ricos, de esos que uno tiene miedo de usar. Eran sillones que lo invitaban a uno a pasarla bien, a dormir bien, a sentarse para soñar.
Plantas llenas de flores: los corredores con sus gigantescas columnas de mármol tenían a sus costados macetas grandes con orquídeas, madreselvas, farolitos y rosas (parecidas con las rositas del antiguo jardín de su abuela).
Le encantaba pasear por su interior, subir y bajar las escaleras, correr, resbalar, colgarse de las cortinas.
Había gente cuidando de su castillo. Ella los consideraba amigos, y se divertían mucho todos juntos. Corrían por los corredores amplios, jugaban a las escondidas.
Nunca llevaba a nadie con ella. La última vez que lo intentó, su amiga salió corriendo, como si se hubiera asustado: le pareció mejor no invitarla de nuevo para volver...Nunca más habían hablado del asunto y ella había entendido que algo extraño le había sucedido a su amiga. Se habría asustado, talvez (pues pensaba : “ ¿quién no se va a asustar con la majestad de un palacio?”) ¿O sería otra cosa? Era mejor continuar aprovechando sola de ese lugar mágico.
“¿Dónde estuviste,Luz?” Su madre insistía: “ quiero saber por qué demorás tanto: ¿adónde andas cuando desapareces, niña?”
Siempre inventaba algo: casa de amigos, tal cosa o tal otra ...nunca podría revelar su castillo, y menos aún después de lo que pasara con su amiga. ¿Y si su madre también se pusiera rara después de saber que su hoja era dueña de un castillo? Con seguridad su madre no entendería y todo podría, de repente, tornarse diferente. O entonces lo peor : ¿y si la obligaran, ahora sí, a venderlo? Su familia pasaba por grandes necesidades. Había pensado una vez, antes de entrar en él, en convertirlo en dinero para resolver los problemas, y llamó a su padre para que viera el castillo desde afuera. Lo que consiguió entonces fue una buena paliza. Por mentir, por inventar cosas ridículas, por haber gastado el precioso tiempo de su padre llevándolo al parque para ver algo que era mentira.
Ella no entendió aquel día, por qué su padre insistía en decir que no había nada entre los enormes pinos . Volvió a casa y se acostó aquella noche llorando, con las heridas dejadas por los chicotazos en la espalda ardiendo como nunca.
La escuela, la maestra, los hermanos (sus seis hermanos) la abuela en su silla de ruedas, el padre cuando llegaba borracho y le pegaba a la madre: “¿le pegará a alguien esta noche?” Esas eran sus preocupaciones. Sí : también los compañeros que se reían de ella porque usaba lentes, porque a veces iba con zapatillas viejas a la escuela, con saco de lana con sus hebras enganchadas o con pantalones que tenían agujeritos.
Se reían también de ella porque de vez en cuando la encontraban durmiendo en el baño del patio. Pero nunca podían reírse por otras cosas : sabía todas las materias, dominaba historia y geografía como nadie, matemáticas y español. Era una de las mejores alumnas de la escuela, pero le entristecía pensar que para su familia eso parecía no tener mucho valor.
De noche, Luz tenía que ayudar a su madre con sus hermanos, con la abuela enferma, con la comida, con la ropa. Y entonces se quedaba con un farol de querosene prendido después de la medianoche para poder estudiar para la clase del otro día. A veces dormía sobre los libros, y se despertaba asustada con los ronquidos de su padre.
Su abuela no hablaba más. Sin embargo tenía una mirada que a veces parecía dialogar con ella. Era por los ojos que se comunicaban las dos. Luz la llevaba “a la sanja” como llamaban el cuartito minúsculo de afuera dónde hacían las necesidades. Iba con la silla de ruedas, la sentaba en el agujero del piso, esperaba que el olor se hiciera inaguantable y después, la limpiaba con paciencia. Nadie tenía su paciencia, y ella sabía que su abuela prefería que ella hiciera eso.
Cuando su padre le pagaba a alguien, la abuela lloraba y hacía ruidos extraños. Se tapaba la cara, le corrían las lágrimas. Si la víctima era Luz, la abuela gritaba en cuanto durase la paliza, interrumpida por los gritos del padre que decía
¡”vieja inútil, cállate la boca!” O entonces : “¿por qué no te mueres?”
Un día amenazó a pegarle a la abuela. Inmediatamente luz se interpuso entre su padre y ella, soportando unas patadas del monstruo, que terminó por darse vuelta e irse a acostar.
Vivían en una casa de madera que tenía una cocina minúscula y dos cuartos. Comían sobre las camas, que de noche eran todas compartidas. Luz, su abuela y el chico menor dividían una de las tres camas de uno de los cuartos. A veces Luz se despertaba con el olor a orina de su hermano más chico y percibía que su abuela dormía muy poco. Entonces se senatab en la cama, le acariciaba el rostro para tranquilizarla, para mostrarle que ella estaba allí, y su abuela sonreía en paz hasta dormir de nuevo. Ellas tenían un código secreto de cumplicidad que nunca sería rebelado.
Luz había descubierto algunos placeres de su abuela através de las sonrisas que sólo existían cuando las dos estaban juntas. El sol, por ejemplo. Su abuela tenía un enorme placer cuando Luz la sacaba afuera temprano, y la dejaba en su silla en el fondo, al sol. A pesar de ser un local compartido con otros vecinos de casas igualmente miserables, palco de gallinas, perros y heces de animales sucios, era besado por el sol de cada mañana convirtiéndose en un lugar luminoso. Allí habían cuerdas para colgar ropas, había una canilla que servía para quién fuera a servirse el água potable que venía por los caños de la calle. Su abuela veía con ojos húmedos las personas que allí iban y que a veces le dirigían alguna palabra, ni siempre amena.
El castillo era lo mejor de la vida de Luz, por lo menos hasta ahora. Habían en él centenas de libros, viejos y nuevos, algunos descoloridos por los años como si nunca hubieran sido abiertos. Historias de todo tipo, mágicas y encantadoras. Cuando había noche de luna y no hacía frío, Luz se escapaba para leer. Leía para los habitantes del palacio, sentados todos en la escalera ancha de piedra pulida, de dónde pendían hiedras verdes y enredaderas.
Entre los habitantes del castillo estaba Esteban. Un enano maravilloso que usaba bigotes y conversaba siempre con Luz. Se sentaban los dos para leer, abrían libros de ciencia y se ponían a estudiar juntos. Esteban conocía muchos secretos de astronomía y de noche, en verano, los dos se sentaban a ver el cielo, con Luz tratando de adivinar el nombre de las constelaciones.
Esteban no era el único enano que vivía en el castillo. Estaba también Pedro y su hermana Lola, que tocaban violines. La música que hacían era sutil y servía para encantar aún más las tardes y noches que Luz pasaba en el castillo.
Un día de domingo, un grupo de señores llegó al poblado en dos autos lujosos y una camioneta. Los chiquilines descalzos y sucios que adoraban novedades los siguieron por todo el recorrido que hicieron hasta llegar al parque de los pinos. Dos de los hermanos de Luz corrieron entre los que seguían a los señores, y se divirtieron con los folletos que distribuyeron entre la gente del lugar : podían agarrar cuantos quisieran y dárselos a la gente.
Algunos de los señores habían repartido caramelos, pitos y globos coloridos entre los chicos y muchos adultos que allí paraban para ver los visitantes tan distinguidos conversando en el parque. Medían algunas distancias, discutían cuestiones económicas que nadie entendían exactamente, más que seguramente se referían al parque.
Era un domingo de sol y los pájaros arriesgaban sus cantos con alas coloridas entre los árboles. La luminosidad de la tarde hacía con que la pobreza de las casas de la región se maquillase con aire de alegría, y Luz decidió retirar a su abuela para llevarla a ver el castillo. Nunca había hecho eso con ella, y si bien sabía que su abuela podría no entender nada cuando viera al palacio, por otro lado ella sabía que nunca la recriminaría, nunca la dejaría de querer por eso. Al fin y al cabo, el castillo hacía parte de los secretos que guardaba del mundo y eso le pertenecía. ¿Quién mejor que su abuela para comprenderla?
Tuvo que hacer fuerza con la silla de ruedas por entre las callejuelas de tierra. Nunca había arrastrado la silla por las piedras después de aquella vez que llevara a su abuela al médico para esperar horas en la fila del hospital, cuando la vió sin sentido y babeando al costado de la boca. En aquél tiempo su abuela,víctima de un derrame, se había pasado casi un mes en el hospital, dónde Luz la había ido a visitar todos los días. Desde entonces tomaba unos remedios que Luz conseguía grátis en la farmacia del hospital. Después de eso su abuela no había hablado más como antes. Ahora no habían más palabras que hasta entonces eran pronunciadas por ella a contra gusto de su padre. “Mejor así”, decía el padre de Luz.
Las calles de tierra roja y seca hacían toser a Luz y a su abuela, que ahora tenía un pañuelo en la boca, como máscara que tapaba impidiendo la entrada del polvo. Cuando Luz sospechó que su idea de llevar a la abuela no había sido del todo buena, y pensó en volver para casa, su abuela le hizo entender que no: quería la aventura, estaba feliz con aquello. Se reía y decía que sí con la cabeza, lo que dejó bien claro que Luz no podría volver.
Algunos muchachitos corrían atrás de la silla que Luz arrastraba, sudada y tosiendo en el medio del polvo rojo. De vez en cuando paraba y respiraba, limpiándose la frente con el brazo, sin dejar que su abuela viera el esfuerzo absurdo que le estaba costando llevarla hasta el parque.
Luz estaba ansiosa por saber cual sería la reacción de la abuela al ver el castillo. Ella ya sospechara que no todos lo veían. ¿Cómo eso era posible? No se preocupaba en responder sino en disfrutar de su descubrimiento maravilloso, y finalmente se había decidido por llevar a su abuela, que sin duda era la persona que más amaba en el mundo.
Al llegar a la orilla de la principal calle de tierra del parque, de dónde se veía la entrada del castillo, Luz paró con la silla de ruedas de su abuela, y de a poco, despacio y con poco coraje para ver el rostro de la viejita, se inclinó hacia adelante.
La abuela, con una mirada casi perdida en la inmensidad, los ojos más abiertos que nunca y la boca impávida comenzó a reírse, pidiendo para bajar al lugar, haciendo señas para que Luz la llevara para la entrada. Feliz, la niña se fué empujando la silla hasta los portones de hierro, que se abrieron para ellas. Como siempre, ningún chiquilín las seguía pues cuando se llegaba hasta ahí, ellos desaparecían como por mágica.
Entraron al castillo, y como por encanto su abuela se apoyó en los brazos de la silla, y se levantó para caminar con las propias piernas.
Pasaron algunas semanas durante las cuales Luz siempre volvía a llevar a la abuela Berta, siempre los domingos.
Doña Berta, como por mágica, se convertía en una mujer más joven en esas ocasiones. Subía y bajaba las escaleras, caminaba y bailaba al toque de los violines de Pedro y Lola, y aún conseguía hablar bajito, por lo que Luz estaba más feliz que nunca.Nada más cambiaba : su pelo, recogido para atrás, sus ropas viejas y mal tratadas. Pero sus ojos se llenaban de felicidad, y sonreía sin parar un segundo, y después se juntaba al grupo que leía historias con su nieta.
Pero eso sólo era posible en el castillo. Al salir del castillo y volver a la silla para regresar a casa, la abuela era la misma de siempre. Nada de eso le extrañaba a Luz. En casa, fingian que habían estado en el parque y que nada había pasado a no ser haberse cansado las dos, además de respirar un poco de aire y ver los árboles. Nadie preguntaba : tanto el padre de Luz como su madre, casi ni notaban el tiempo que allá pasaban, apenas era conveniente estar libre de la viejita paralítica por unas horas.
En uno de esos domingos, Esteban recibió a Luz en el castillo preocupado, sosteniendo un folleto en la mano, y extrañando que Luz no le hubiera contado lo que iba a acontecer.
La niña no entendió y agarrando el papel de la mano de Esteban lo leyó asustada : “ la mayor realización financiera del año” que “traerá progreso y diversión al barrio de Cuesta Roja y a su pueblo, tan necesitado de contacto con el futuro”. Al comprender lo que estaba escrito, sus ojos se llenaron de lágrimas y no consiguió disimular su tristeza.
Todos los que estaban allí, incluyendo su abuela, repasaban la lectura de aquel papel al cual ahora asociaban con el desastre. El anúncio no preguntaba, apenas afirmaba una aplicación enorme de dinero en el local, para lo que sería necesario “sacrificar algunos árboles y un pedazo de terreno sin utilidad” : el parque de los pinos se convertiria en escenario de un centro comercial con cines, supermercados, tiendas de renombre nacional que darían trabajo a gente de la región y “ llevarian a la población de la ciudad y de los alrededores” a un “ próximo patamar de distinción y placer de vivir”...
La firma de ingenieria que llevaria a cabo la gran obra ya se hacía presente en el parque, en una construcción improvisada de dos pisos que servía de local para discusiones de empresarios, modistas de alta costura y otras personalidades conocidas del público en general.
En las casas cercanas al parque, la gente pobre se llenaba de esparanzas por hacer parte de un privilegiado lugar que ahora serviría de nueva plataforma para conseguir empleos y llamar empresas que seguramente se esmerarían por convertir el barrio en un lugar mejor.
La madre de Luz pretendía trabajar como empleada de limpieza en alguna firma que llegara al nuevo centro comercial. Seguramente los propietarios y empresariales preferirian tener empleados que vivieran cerca del lugar, ya que Cuesta Roja era siempre asociada a un lugar tan lejano como el fin del mundo.
Las ofertas de empleos mismo subvalorizados, estaban en todos los carteles por la ciudad, la gente hablaba de eso todos los días y a toda hora. Algunos comerciantes que tenían almacenes y otros pequeños establecimientos oscilaban entre el entusiasmo de dejar lo que hacían y dedicarse ahora a ser empleados, y las ganas de irse de ahí porque ahora no tendrían como vender sus productos, casi siempre fabricados domesticamente y sin condiciones de concurrir con lo que vendría.
Luz faltó a la escuela aquel viernes.
Llevó a su abuela por la carretera ( que ahora tomaba cara de pista de hormigón) en la silla de ruedas, en dirección al parque a pleno sol de las dos de la tarde. La viejita con los ojos semejantes a bolitas de vidrio y la boca con una sonrisa tímida dibujada por algun pensamiento travieso que captara de su nieta, se sentía renovada antes de llegar al parque.
Al llegar al castillo, encontró a Esteban en el portón con los demás habitantes, y entró como siempre. Su abuela se levantó, los hermanos Pedro y Lola tocaban sus violines, y la abuela se puso a bailar con los otros. Luz, con sus ropas estiradas y húmedas por la transpiración, abrazó largamente a Esteban, que se prendía de sus brazos como si fuera un niño a su madre, dada la diferencia de estatura entre los dos.
Jugaron a las escondidas esa tarde. Corrieron por las escaleras, se tiraron y saltaron en las camas y los sillones, abrieron libros que nunca antes habían abierto. Abrieron los balcones para mirar la puesta de sol, que mostraba un horizonte pintado de rojo anaranjado, con la bola de fuego enorme preparándose para ser cortada por la linea a lo lejos, como un alambre afilado o una lámina de de cuchillo.
El castillo parecía estar sobre algún punto escondido del parque. Lo que en realidad aumentaba aún más su belleza.

Las filas en el local de contratación de empleados ya daban vueltas a las manzanas del parque, todos los días las mismas escenas. La madre de Luz y dos de sus hermanos con más de diez años hacían ahora parte de los esperanzosos que aguardarían días y días hasta surgir vacancia para algun empleo en el centro comercial. Pasaban las mañanas y las tardes esperando en las filas, que corrían despacio. De esa forma, doña Rosa no se daba cuenta que Luz no estaba yendo a la escuela, ni percibía que la abuela no estaba más durmiendo de noche en su cama. Y el padre de Luz, cada vez más borracho por las noches, cuando llegaba hasta el cubículo para dormir no veía más nada.
Un lunes de mañana empezaron las máquinas a derrumbar los árboles del parque, bajo los aplausos de la población que allí se juntaba para ver la histórica ascención de un edifício gigantesco que ocuparía toda el área que antes no servía para nada, y el lugar (ahora invadido por tratores y camiones) parecía un espejo luminoso que reflejaba la luz hiriente del sol escaldante sobre las piedras de cemento y arena, colmada de hombres vestidos como extraterrestres.
En ese mismo día por la noche, la amiga de la escuela de Luz fué hasta la casa de la familia a preguntar por que ella no estaba yendo a las clases. En ese momento se dió cuenta de que su madre no sabía acerca de Luz ni de la abuela. Como si despertara de un sueño, Doña Rosa dijo “ pero...¿dónde anda mi hija que no está en casa? Ahora me traes que no está yendo a clases...?” Extrañando la falta de la abuela y de la hija, sobre lo que no se había dado cuenta antes...se dijo; “nada ha pasado. Debe estar en alguna fila esperando por empleo, como yo...” Fué al fondo de la casa y entonces sí percibió que la ropa sucia a ser lavada estaba intacta, amontonada en el mismo rincón en que combinaban dejarla...Luz no había lavado nada esa semana.
Las búsquedas policiales se incentivaron en los dos días siguientes, los vecinos creando toda clase de historia posible. Doña Rosa ahora se veía nuevamente rodeada por los hechos grotezcos de los cuales hacía parte: “¿quién cuidará a los más chicos cuando consiga el empleo?”, se preguntaba. Y los hermanos se reían de la situación, tal vez por no entender la grave insinuación de los hechos.

Al otro día de uno de esos días , en que las búsquedas continuaban ya menos frenéticas, fué encontrada una silla de ruedas y el cuerpo de una anciana en un escondido rincón atrás de un galpón improvisado para los trabajadores de la construcción. Reconocida por Doña Rosa como su própia madre, fué llevada para examen de necropsis. “La muerte de su mamá, señora, debe haber acontecido como resultado de muchas horas sin beber y comer. ¿Cómo fué a parar ahí dónde fué encontrada?” “ ¿Cómo voy a saber, señor policía?”
Doña Rosa tuvo que responder a la policía por “abandono de familiar incapaz”, y estuvo más de diez días precisando comparecer a la delegacía para intentar explicar cómo no había percibido la falta de su hija y de su madre antes. Fué liberada después que algunos testigos de la vecindad declararon a su favor, diciendo que habían visto a Luz, su hija, llevando a la abuela al parque vários días seguidos en su silla de ruedas. Pero aunque la foto de Luz fué dejada en toda la región y los investigadores revolvieron los posibles lugares, casas, esconderijos, Luz nunca fué encontrada. Una foto suya, pegada en un poste, dónde aparecía con sus lentes gruesos y deselegantes medio torcidos, su cabello despeinado y sus ropitas desarregladas, fué retirada con cariño por su maestra y guardada por mucho tiempo.
Tiendas y establecimientos de marcas nacionales e internacionales hacían parte ahora, años más tarde, de la ocupación del centro comercial que sin duda, había sido responsable por la modernización de la región. Nuevos centros, nuevas pistas y estacionamientos, cafeterías, confiterías, librerías y cines llenaban los espacios y animaban no solamente los habitantes de Cuesta Roja, como muchos que visitaban sus barrios.

“ No, Ana, por ahí no”.
“Pero...¿ no vas por el ascensor?. ¡Son quince pisos, loca!” Dijo Ana.
“No es eso, es que el ascensor de servicios que queda en el subsuelo es más rápido y no pára, Ana”, respondió Mirtha.
“Ah, no sabía. Pues...vamos para abajo, entonces!”, confirmó Ana, ya desviando para el otro lado y bajando una escalera, atrás de Mirtha.
Las dos se dirigieron al subsuelo del estacionamiento. Mirtha trabajaba en el centro comercial, como gerente de una cafetería, y Ana comenzaría hoy a trabajar en una de las mayores librerías del centro.
“ Qué música es esa?” Preguntó Ana.
“ Sí...violines. Te confieso que no sé. Desde que empecé a trabajar aqui, hace tres años, hay horários en que escucho esos violines. Ya pregunté si hay algún conservatorio, algun violinista, teatro...”No hay sentido en escuchar esa música aqui en el estacionamiento”, me respondieron. Pero yo siempre escucho. Ni el hombre que cuida los autos dice escuchar. Me dejé de preocupar”, dijo Mirtha.
“Es buena música, dan ganas de bailar”.
“Sí, es. Y es siempre la misma”.
“Me da un cierto miedo lo que dices”, interrumpe Ana, escuchando la música tornarse más fuerte.
“No, yo sé. A mí también, principalmente cuando salgo de noche del trabajo y vengo al estacionamiento sola. Es que si viene alguien conmigo me dice siempre que no escucha nada, ...vos sos la primera que escucha conmigo... menos mal. A veces es muy fuerte, parece que estuviera aqui, en el subsuelo”.
Las dos amigas calladas escuchaban los violines, cuando fueron interrumpidas por la puerta del ascensor que finalmente, llegaba.
“Bueno, llegó el ascensor, vamos. Buena suerte en tu primer día de trabajo”.
“Gracias”, dijo Ana, que entró en el ascensor . Nunca más, cuando sola en el “garage”, dejó de oir una música que parecía venir del abajo, como si estuviera escondida en el fondo de la Tierra, tocada por violines...
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