Antiguamente hombres y mujeres cumplían papeles sociales muy diferentes. Durante mucho tiempo el hombre fue cazador por necesidad, luego se creía que era más fuerte, más valiente y incluso superior.
La mujer estaba vinculada a la casa y inmovilizada por el embarazo, en la creacíon de los niños y de las tareas domésticas. Por razones biológicas, se lo atribuyó el papel maternal, recibiendo un tratamiento de acuerdo con esa situación.
Ese conflicto también se extiende al relacionamiento sexual. La noción que las mujeres pertenecen al sexo frágil aún es una idea que genera conflictos, porque fue usada por los hombres para mantener ciertos privilegios y poder.
Puede afirmarse, sin embargo, que en ciertos momentos las mujeres son el sexo más fuerte; en términos de longevidad, más resistencia a las enfermedades, mayor tolerancia al dolor, ejecuta dupla jornada de trabajo, más organizada, entre otras cualidades.
Las diferencias realmente esenciales carecen ser entendidas, toleradas y también aprovechadas en su totalidad y jamás rechazadas.
Podemos entender que ni uno es más, ni el otro es menos sólo que en cuanto a nuestra forma de pensar, de sentir y de ser somos muy distintos.
No es bueno que haya rivalidad entre los dos sexos, sino que aprendamos a convivir y a complementarnos.